TRASCENDENCIA.                            Capítulo 14º    Subcap. 33


                         <>  LOS SEGUROS ESPACIALES.
                        
                                         

<> LOS SEGUROS ESPACIALES.

    Los viajes espaciales, sean tripulados o no, entrañan un riesgo para las personas y cosas. Los fallos de los cohetes fundamentalmente pueden propiciar daños y no solo al partir, sino por pérdida de control al retorno. De tal forma que es necesario prever tales circunstancias con pólizas de seguros.
    La base legislativa de los seguros espaciales se puede encontrar en el Convenio sobre la Responsabilidad Internacional por Daños Causados por Objetos Espaciales de 1972. En su artículo 2 establece que la nación o estado desde donde se lance el objeto será el responsable de los daños causados por el mismo en el planeta, tanto en la superficie terrestre como en aeronaves en vuelo.
    En el lanzamiento, la situación de las bases de disparo, su aislamiento y la trayectoria de las astronaves son parte de la garantía para no causar daños a terceros. Pero ello no tiene total y absoluta garantía. Y en el caso de ingenios que caen desde su órbita aleatoria y descontroladamente la posibilidad de provocar algún daño, aun baja, existe. Los estudios de riesgos al respecto apuntan que las posibilidades de impacto de chatarra espacial (satélite, cohete, etc, o sus restos) se ha dicho que es de 1 entre 6.600 millones, en tanto que el riesgo de impactar un meteorito es de uno entre 20.000, el mismo que el de un accidente aéreo; el de un accidente automovilístico es de uno a 100.
    Casos con daños a personas en vuelos: misiones del Soyuz 1 (1 persona) en 1967, Soyuz 11 (3 personas) en 1971 y Shuttle 25 (Challenger, con 7 personas) en 1986; también ha habido otros con daños menores, como intoxicación menor con gases por ejemplo. Ello sin contar con los numerosos accidentes producidos en entrenamientos.
    Los daños producidos por caída de satélites no tripulados en los primeros 40 años solo han sido los de una vaca en Cuba, a la que acertó infortunadamente a dar un trozo de ingenio americano a principios de la era espacial. También se cuenta el caso del ocurrido en noviembre de 1978 de la caída descontrolada sobre Canadá del satélite militar soviético Cosmos 954 que llevó a la URSS a tener que pagar 6.000.000 $ como indemnización.
    Los riesgos existen pues, y no son despreciables cuando hay siniestros. Así que a partir de fines de los años 60 algunas compañías de seguros sucesivamente optaron por cubrirlos, eso sí con sustanciosas primas y franquicias a partir del primer siniestro. Con el paso del tiempo y el aumento de la seguridad en los vuelos se fue rebajando un poco el importe de las primas. En realidad, estos seguros se cubren en más de una compañía, mediante consorcios o grupos de reaseguro, como el Consorcio Espacial Marham de la Lloyd’s.
    Pero también se cubren las averías o pérdidas de los valiosos satélites, generalmente, de telecomunicaciones, tanto en el lanzamiento como en órbita. En este último caso, normalmente los riesgos sobre ingenios con sistemas ya experimentados son mucho menores que los de nuevas tecnologías o experimentales; estos últimos no suelen asegurarse. En las pérdidas por lanzamiento, el carga útil solo cuenta pasivamente como objeto asegurado pues el riesgo reside en este caso en el funcionamiento del lanzador.
    Los daños causados por reactores nucleares de ingenios espaciales son responsabilidad y susceptibles de indemnización por parte del propietario de los mismos; solo rusos y americanos, en este caso.
    Pero con el tiempo las aseguradoras empezaron a darse cuenta que los riesgos de los satélites estaban aumentando en el espacio al estar llenándose las órbitas con chatarra, con restos de otros ingenios. Este nuevo factor hizo que se consideraran de nuevo las primas y se replantearan algunas opciones del condicionado. Hacia 2000 el cálculo de las primas se calculaba aproximadamente sobre el 1 % del valor estimado del objeto asegurado en operaciones de gran envergadura, sin ser norma establecida fija. Unos 20 años atrás el porcentaje para el mismo cálculo era del 8 % para el sistema Ariane y del 6 % para el sistema Shuttle.

    El primer riesgo espacial asegurado lo fue en 1965 por la Lloyd’s. Tal empresa británica, pionera en su momento de los transportes marítimos, es la principal de las que se aventuraron en el terreno espacial.
    Los europeos tuvieron su primer importante siniestro en 1977 con el satélite OTS en el disparo de un Delta americano; el importe asegurado fue de 29 millones de dólares, iniciando así la elevación de las primas para los siguientes lanzamientos.
    Dos años más tarde fallaban otros dos satélites, el ECS y el SATCOM 3, asegurados respectivamente por 14 y 77 millones de dólares.
    En 1981, al término del primer vuelo Shuttle, el del Columbia, con su gran capacidad de carga, la misma Lloyd’s se interesó por el sistema para hacer un estudio sobre un seguro para pasajeros en viajes siderales.
    En 1982 fallaron otros dos satélites, el Insat y el MARECS B, asegurados en 70 y 20 millones de dólares y un año después el SATCOM 2, con 9 millones de cobertura. En 1984, 2 ingenios, el Westar 6 y el Palapa B-2 llevados por el Shuttle fracasaron quedando en órbita baja, si bien luego fueron reparados. Estuvieron asegurados en 75 y 105 millones de dólares; un tercer satélite fracasado en el mismo año fue el INTELSAT F-9, asegurado en 102 millones de dólares. En 1985, varios fracasos de satélites, el Spacenet, ECS-3, Leasat F-4, INTELSAT F-6 y Anik D-2, sumaron 262 millones de dólares de valor asegurado; también se perdió un cohete Titán militar. En 1986, además de la explosión fatal del Shuttle-Challenger con un satélite de comunicaciones, se perdió también el INTELSAT F-14, asegurado en 82 millones de dólares y un satélite GOES, así como otro Titán militar.
    Tras estos años, de 1984 a 1986, de numerosos e importantes siniestros consecutivos algunas compañías se replantearon su continuidad en este campo o al menos cambiar las estrategias. En los Estados Unidos las pequeñas compañías optaron por retirarse del sector.
    Los satélites de 1985 fracasados a Europa, el Spacenet y el ECS-3, lanzados con un Ariane, tenían un valor de 140 millones de dólares. La prima, fijada por una compañía francesa, era por entonces el 20 % del valor total.
    En otro nivel, el de los seguros a particulares, a finales de los 80 la empresa Complete Equity Markets, de Illinois, ofrecía pólizas para cubrir impactos de satélite con garantías de hasta 10 millones de pesetas en daños a cosas y hasta 100 millones en caso fallecimiento de personas.
    En 1990 un fracaso Ariane 4 destruyó dos satélites japoneses, el Superbird B y el BS-2X, por los que la compañía de seguros tuvo que pagar 185.000.000$, sin contar otros 60 millones de Arianespace.
    En 1992, el exitoso lanzamiento de los dos satélites españoles HISPASAT 1A y 1B fue asegurado en 37.500 millones (17.500 para el 1A y 20.000 para el 1B) de pesetas con un consorcio internacional en el que están presentes 60 compañías españolas de seguros, que cubrieron el 60 %, y 16 extranjeras. El coste real del grupo de 2 satélites era de 58.000 millones de pesetas. La prima abonada por tal contrato fue de 6.500 millones de pesetas (3.000 por el 1A y 3.500 por el 1B) y la cobertura comprendió a cohete y satélite, desde el encendido del motor del impulsor hasta 180 días después para el satélite.
    La compañía que participa en el seguro del sistema Ariane es AGF. Arianespace creó por su parte una filial, S3R, sociedad para la administración de los riesgos de su cuenta a partir de las pérdidas del sector de seguros espaciales en 1984 y 1985.
    Los lanzamientos Ariane de los 90 llevaban cubierta la operación con pólizas de entre 150 y 250.000.000 $ de garantía, según la carga.  Pero el Ariane 501, primero de la serie 5, que se lanzó el 4 de junio de 1996, explotó al poco de despegar, a medio minuto de vuelo, destruyéndose totalmente el cohete y la carga de 4 satélites Cluster que llevaba sin tener póliza. El disparo no había sido asegurado porque era un vuelo de prueba o desarrollo y la pérdida se cifró en 288 millones de ECUs. En cambio, sí se habían asegurado los daños a terceros con la aseguradora Compañía Europea de Seguros y Reaseguros CECAR, mediante contrato que también se extendía al vuelo siguiente.

    A punto de la desaparición de la URSS, en septiembre de 1989, aseguraban el lanzamiento Soyuz (el TM-8) con el Grupo Generali.
    En la nueva Rusia, desde 1992 la primera aseguradora fue la española Iberia Seguros, del grupo Chupa-Chups, a través de su afiliada Reso Garantía. A la cosmonauta rusa Elena Kondakova la aseguraron para su primer vuelo por un valor de 1.000.000 $ (1995).
    En marzo de 2001, al tiempo de la destrucción de la estación Mir, ante el temor de que cayera descontroladamente el gobierno ruso contrató una póliza de 200 millones de dólares con 3 compañías de seguros de Rusia (AVIKOS, Aseguradora Industrial y Megaruss) que a su vez firmaron contrato de reaseguro con la Lloyd’s británica y otra compañía más del sector (posiblemente AGF). Tal póliza cubría los daños a terceros con cláusulas de exclusión a curiosos desplazados, turistas o aventureros; los daños posibles serían los causados a personas y propiedades en tierra firme, así como en aviones o buques. Se refiere la exclusión a numerosas personas que participaron en expediciones aéreas para ver en el área calculada sobre el Pacífico Sur, con la máxima proximidad posible, la luminosa reentrada de los trozos de la Mir. En realidad, las posibilidades de que algún resto de la Mir cayera sobre zona habitada eran relativamente grandes, de 0,02 %. Al final no pasó nada.

    Los chinos, al menos en febrero de 1996, al tiempo de su catástrofe del Larga Marcha 3-B, que causó varios muertos y cientos de heridos sobre una aldea cercana, no disponían de un seguro a terceros para cubrir los daños citados. El seguro chino, realizado por la llamada Compañía de Seguros del Pueblo, cubre entonces con sus pólizas el valor fijado en la prima por el ingenio Larga Marcha a lanzar.
    En otro desastre chino, el de 25 de enero de 1995, se perdió un satélite americano y hubo 6 muertos y 23 heridos en una aldea de campesinos. Para el consorcio de seguros internacional suponían 20.000 millones de pesetas.
    A finales de 2002, también se perdió el Astra 1K, que fue el mayor satélite privado de comunicaciones hasta entonces, por fallo de la última fase del lanzador ruso, un Protón DM. El mismo estuvo asegurado en 217.000.000$.
    Con pocos días de diferencia, otros dos satélites fueron a parar al Atlántico por fallo del nuevo Ariane 5-ESC-A. Su valor fue en suma de 635.000.000€.

    Entre 1968 y 1986, el total de primas (sin bonificaciones) por seguros de lanzamiento ascendió a 545.000 millones de dólares, siendo el total del importe de siniestros de 919.250 millones de dólares, lo que suponía un déficit acumulado de 374.250 millones de dólares. En esos 18 años, hubo 4 años (1978, 1980, 1981 y 1983) sin siniestros, siendo el peor año 1985 con un total de 336.500 millones de daños, seguido de 1984 con 288.500.
    Una de las primeras compañías, la Lloyd’s británica ganaba en 2000 unos 270 millones de dólares en el área espacial.

    En el caso de los vuelos tripulados, como en el Challenger y el Columbia, no hubo póliza que cubriera los riesgos, pero siempre hubo indemnizaciones con cargo al Estado y empresas implicadas bajo mutuo acuerdo final para evitar largos juicios, pues, además, en el caso americano el Gobierno Federal está a salvo de demandas legalmente pero suele acceder a compensaciones para estos casos.
    En el caso del Columbia la NASA abonó a los familiares de los 7 astronautas fallecidos en 2003 un total de 26.600.000$, unos 20 millones de euros, en acuerdo alcanzado sin mediar al final los tribunales y con cargo a los presupuestos del Congreso. En 2007 se desconocían públicamente, sin embargo, los términos del reparto de ese total entre las 7 familias.

  
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